AMOR: EL ORIGEN
Volviendo la vista atrás me he dado cuenta de que mi forma de ver el amor ha ido cambiando a lo largo de mi vida. Según la etapa en la que estaba, el amor entre personas ha ido tomando diferentes significados.
Cuando era pequeña veía distintos tipos de amor que acababan resumiendose en que el amor estaba en aquellos que te hacían reír, que te prestaban la atención que aquella niña necesitaba, pero también sentía amor por aquellos que me hacían la vida más fácil y bonita.
El amor existía cuando mi abuela me preparaba un biberón de colacao; cuando me daba una especie de placebo compuesto de agua y azúcar cuando decía que me dolía la barriga y aquello milagrosamente curaba todos mis males.
También recuerdo el amor cuando paseaba junto a mi padre por el campo y con mis mangas remangadas le preguntaba miles de cosas sobre la tierra. Recuerdo como me explicaba el tiempo de los espárragos, el sonido de las aves, a cuidarme de las coces de los caballos, a tener mis propias herramientas y el lugar donde se debían guardar cada día después de usarlas.
Me mostraban amor también, hombres y mujeres de edades y distancias de parentesco inalcanzables para la razón de una niña chica, pero que me llenaban de una extraña sensación de inmensa alegría cada vez que aparecían por casa. Mis padrinos viejos me enseñaron que una cosa es ser y otra muy distinta es estar. Ellos ESTABAN, lo digo con mayúsculas, solo con estar me sentía gozosa ante la vida, era una niña mimada por ellos, una niña especial y de esa misma forma que me amaron a mi, me perdurará en tiempo como hacerlo yo con ellos.
Se me presentó el amor en forma de madre, enseñándome como sentarme en la mesa, como tratar a los mayores y como reírme jugando. Me educaba y amaba al mismo tiempo y aunque fueran formas un poco estrictas para mi entender en aquel momento, sentía que era la niña más querida y ella la mejor madre y maestra.
Caminábamos juntos los cuatro; mi abuelo, mi tío, yo y el amor; respirando naturaleza, trabajos de campo y enseñanzas de cómo labrar la tierra, arrancar una bomba de agua o alimentar al ganado. Junto a mi tío descubrí no solo el amor, sino el sentido de infancia, la importancia de jugar con un balón hasta que te dolieran los pies, llegar chorreando de sudor a casa y tomarte un vaso de agua bien fresquita, montar en bici y correr más que el viento, cazar ranas, incubar pajaritos y coger setas.
Pero sin duda el amor se me presentó con nombre y apellidos un 13 de septiembre, se llamaba Alba y era mi hermana, el ser más valioso que he tenido entre mis brazos. Sentí que crecí con tan solo una mirada, ya no era una niña que recibía todo el amor de los míos. Ahora también lo iba a dar con la misma incondicionalidad que yo lo había recibido.
Mi familia era mi tesoro, mi refugio y mi gran fuente de amor. Mi tribu.
DECLARACIÓN DE AMOR
Esto es una declaración de amor. Declaro mi amor por todo aquello que me ha convertido en el ser que soy. Así es que debo empezar por declarar mi amor por la tierra que me vio nacer, un lugar con acento propio y olor a origen; un lugar donde sus calles blancas se convierten en altavoz de luz. Mi Córdoba, que es entre mora y cristiana, no creo que tuviera mejor elección que nacer entre olivos y encinares, donde la tierra es seca, pero florece cada primavera con tanto verdor que parece que todo se transforma y ya no estés en el mismo prado. La eterna tierra del regreso, donde siempre cambia todo, las gentes se van, pero cada vez que pueden vuelven; la tierra de la metamorfosis, porque aunque siga siendo la misma nunca dejas de ver algo distinto.
Un día me fuí de ella, muy pronto, casi al nacer. Pero creo que si me miran por dentro debo estar hecha de aceite de oliva; seguro que mis huesos son de aceituna; mis carnes son las mollas del pan de pueblo; mi corazón es un paisaje de Sierra Morena atardeciendo y mis ojos los del Lince que lo contempla.
Mi madre era del moreno con que pintaba Julio Romero a las mujeres, con el pelo negro noche y no tenía ojos, dos luceros me miraban al nacer. Era joven y olía a la frescura del jazmín, calentita como el sol de primavera. Si hubiera sabido el miedo que tenía a no equivocarse conmigo, le hubiera escrito una carta antes de nacer advirtiéndole de que mil veces la volvería a escoger. Que yo ya sabía quién era ella, sabía de qué material estaba hecha su vida y encajaba perfectamente con las herramientas que traía yo.
Declaro mi amor por los besos que me daba mi madre, por las nanas que me cantaba acurrucandome muy fuerte, por las noches que no la dejé dormir, por las palabras que tenía para mí, por su forma de enseñarme y quererme. Declaro mi amor por lo que un día fuimos las dos juntas y yo sin saberlo.
Esa mujer es como mi tierra, me puedo ir de ella, pero siempre quiero volver y con cada etapa de su vida que veo pasar, más latente se vuelve esa carta que pude escribir antes de nacer, no podía haber escogido mejor madre que tú.
Mamá, me diste vida, vida y forma. Me moldeaste al más puro estilo de un artista. Eres una gran madre, con grandes valores y grandes esfuerzos, no lo pudiste hacer mejor. Me enseñaste a caminar, a ser, a estar, y lo mejor, me dejaste espacio para pensar, decidir y actuar. Gracias por enseñarme tanto con solo vivir. Eres ejemplo y referencia. Mi luz. Aunque estés lejos, te siento dentro de mi. !Qué valor tuviste al tenerme y qué grande me hizo aquello!
Mi padre era medio rubio, él era el verano, o mejor, como un mediodía muy soleado de verano en Andalucía, olía a tierra seca y estar en sus brazos se parecía a estar apoyada en las ramas de un árbol, yo tan pequeña y él tan grande… Dicen que cuando abrazas a un árbol, él también te devuelve el abrazo. Eso sentí, pero tengo la duda de quién de los dos era el árbol. Creo que ese hombre nunca había abrazado de la forma en que lo hizo conmigo y solo por enseñarle eso, mereció la pena escogerlo a él. Declaro mi amor por él, por sus manos ásperas y su pelo rubio, por su olor a campo, tan de él, por su tranquilidad al hablar y andar, por sus paseos conmigo y enseñarme a montar en bici. Por la estampa de caminar de la mano junto a él.
Mi abuela, era una extensión de la madre tierra que se había personificado en mujer, podías recorrerla durante horas que nunca se acababa, nunca le veías final. Y ciertamente nunca lo tuvo para mi, por eso era eterna. Era un arrullo, un canto chamánico con su “ea ea”. En ella cabían tantas personas como en una casa. Declaro mi amor por esa cocinera, costurera, ama de casa, amiga, esposa, declaro mi amor por la luz que iluminaba esa casa que era ella. No me dejó caer jamás, mi dolor era tan suyo que costaba desligar sus ramas de mis pétalos, me abrazaba como abraza la crisálida a la mariposa, como el caparazón de los seres tiernitos de este mundo. Me alimentaba y a la vez me nutría de todo lo que yo necesitaba.
Gracias abuela, por enseñarme a amar los sabores y los olores; por enseñarme a pensar en los míos y afrontar conversaciones que ni yo entendía con aquella edad.
Gracias por ser hogar todos los domingos y hacer de éste mundo un lugar más bello. De ti me llevo tus palabras de realidad, tu fuerza al hablar de los tuyos y tus grandes platos de cocina.
Mi abuelo tenía el pelo negro como el azabache. Si mi abuela era la luz, él era la sombra de un majestuoso roble; donde apetece recostarse y sentir su gran sabiduría. Era tan de campo como lo es el trigo, las amapolas, las jinetas, la encina, el cerezo, las liebres, las perdices o las palomas. Pero era un junco, movido por las aguas de la vida, nunca puso resistencia a los acontecimientos, parece que al conocer tanto de la vida en el campo había aprendido que como es arriba es abajo. Que miraba el cielo para saber lo que mañana se vería aquí en la tierra. Declaro mi amor por el líder de mi manada, por el lobo, a veces solitario, que salía cada amanecer para ganar el sustento de todos sus cachorros. Ese hombre es un libro inmenso, lleno de capítulos de cómo labrar, cómo plantar y sobre todo cómo cosechar. Me siento grande por ser parte de esa cosecha.
Gracias abuelo, por enseñarme a pisar el campo con los mismo pies que se pisa un pueblo… tu sencillez, tu serenidad y tu calma. El hombre que me ha enseñado que no se envejece, sino que se madura, se aprende, se hace más sabio. De ti he aprendido que la gente se viste por los pies y que las cosas tienen nombre y apellido, y yo me siento orgullosa de llevar el tuyo.
Esa niña era un ser de luz. Era rubia como el sol, redondita y suave. Fue lo más parecido a abrazar las nubes. Era algodón de azúcar. Vino un martes 13, para ser la suerte de mi vida. Nunca había dado tantos besos. Su inocencia de niña y su alegría llenó todo el espacio. Un espacio que ni yo sabía que existía en mi.
Mi hermana, el ser más grande que existe para mi. Gracias por enseñarme a amar, amar sin medida ni condiciones. Tuve que aprender al amarte que tu libertad era más valiosa que tu seguridad. Que debía quererte libre para hacerte el bien, que tenías que crecer por ti, pero jamás estarías sola. Me has hecho la vida y el día a día más bonito. Pienso en ti, en tus grandes victorias y también en mis mayores caídas y eres aliento e inspiración.
Continuará…

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