En el abrazo de las noches de enero, cuando el invierno nos viste con su manto de hielo, la luna llena se asoma como una madre antigua, silenciosa y luminosa, para velar nuestros sueños. Su rostro pálido parece susurrarnos que este tiempo de quietud no es inacción, sino el sutil latido de la vida que se renueva en silencio.

Como la tierra dormida bajo la escarcha, nuestras almas también descansan, se nutren, se fortalecen en el cobijo de lo invisible. Este es un tiempo de introspección, un momento para reconocer nuestra conexión con la tierra que nos sostiene, que no es más que el reflejo de cómo nos cuidamos a nosotras mismas.

Es hora de construir nuestro santuario, ese espacio sagrado que protegerá nuestro poder durante el año que comienza. Porque, aunque el invierno parezca pasivo, su aparente quietud alberga un movimiento profundo: raíces que se extienden, semillas que despiertan, fundaciones que se erigen en el vientre mismo de la tierra, y en el nuestro.

Todo pasa por nuestro cuerpo, ese templo donde habita nuestra fuerza vital. Ahora es el momento de nutrirlo con paciencia, de transmitirle resistencia, de enseñarle el arte de la perseverancia. Este es el tiempo de la gran invocación, de llamar a nuestros guías, a la luna, a la tierra, al universo entero, para que bendigan nuestro camino y nos den claridad.

Que en este tiempo de invierno, bajo la luna llena, sembremos los cimientos de los doce meses que vendrán. Que cada paso que demos sea firme, porque brotará de un lugar lleno de propósito y fortaleza interior.

«Este enero, aprovechemos esta energía para reflexionar sobre nuestras metas, tanto espirituales como terrenales, y recordar que siempre hay un mapa en el cielo para guiarnos.«


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